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EDIÇÃO 7 20 de fevereiro de 2004
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Pena de Muerte... Pena Vida / PENA DE MORTE... PENA DE VIDA

Elda Albertini
Tradutora e aluna do 4º período de Letras - Campus Rebouças

Durante la Edad Media, la figura del Estado representado por el Rei, ejercía sobre sus súbditos un poder absoluto de sentenciar a muerte, con las mas terribles formas de matar y por lo tanto, asustar, todos aquellos que se atreviesen a contrariar las leyes o los intereses reales. No hay quien no tenga sentido un choque de repulsión al asistir en los filmes épicos las escenas de guillotina, de ahorcamientos o de garrote.

El Estado era entonces, Señor absoluto del derecho de aprehender las cosas, del tiempo productivo, de las personas y finalmente, dueño de la facultad de apoderarse de la vida de cualquier de sus súbditos para matarlos, si asi lo juzgaba conveniente para los intereses o la seguridad de los soberanos.

Para la historia clasica, uno de los privilegios caracteristicos de la Realeza fue el derecho sobre la vida y la muerte de sus súbditos. Mientras tanto, este derecho que emanaba del origen pretendidamente divino del poder soberano, se ejercia mucho mas como un poder sobre la muerte de que propiamente como un poder sobre la vida. El Estado no solamente desconocia la vida sobre la cual podía realmente exigir su supresión, como tambien no se atribuía una preocupación mayor de conocerla, modificarla o administrarla.

Sea bajo la forma de sentencia, los limites del poder feudal alcanzaban hasta la interupción de la vida, pero su presencia solamente se marca sobre la vida, através del derecho al confisco de producción y por la muerte que tiene condiciones de exigir. El aspecto de la vida que interesaba a la nobleza dominante decía respecto casi que exclusivamente a la cantidad de riquezas produzidas por sus súbditos y consecuentemente pasibles de confisco.

La dominación, el poder, se ejercia bajo la forma de interdicción. Aquello que no fuese expresamente prohibido por las castas dominantes, permanecia como una especie de " tierra de nadie" . Los tipos, las personalidades, las conductas, se forjaban en el interior de la vida familiar, en las tareas laborales o en el contacto con la propia naturaleza.

En esa epoca, solo quedaba a los hombres un espacio, una faja de libertad en la vida privada, de consentimiento y permisividad, en la cual las personas se formaban mas o menos al sabor del "laisse-faire" del Estado y de los soberanos.

Hasta la Edad Media los parámetros de decencia y moralidad, la cuestión de la nudez de los cuerpos, y las variaciones de comportamiento, eran mas "flojos", permisibles, incluyendo en la misma liberalidad adultos y niños, hombres y mujeres.

La vida sexual, los habitos y las costumbres de la plebe poco importaban a la nobleza dominante con tal que siguiesen reproduziendose y produziendo riquezas agrícolas y artezanales confiscables por el Estado. En este tipo de sociedad, la vida de la plebe poco importaba a la nobleza dominante, siempre que la plebe no se volviese contra los intereses y decisiones del soberano y de la nobleza. Caso esto ocurriese, el poder no caería sobre el transgresor en el transcurso de su vida, tentando "corregirlo" "educarlo" o "recuperarlo" para el convivir social, simplemente le suprimia la vida através de la muerte. Es verdad que ya existían prisiones en aquella época, pero ellas no eran para corregir o edecuar comportamientos, solamente eran para isolar esas personas de las cercanías de las comunidades.

Uno de los reflejos observados en la evolución de los discursos de los Estados, es la mudanza en las justificativas que estos usaban para la supresión de la vida. Inicialmente el soberano encontraba (y bastaba), en su propio querer la justificativa para levantar o bajar el pulgar suprimiendo la vida o dejando vivir. Posteriormente pasa a ser en nombre de la necesidad de vivir en que se suprime la vida.

En las sociedades mercantilistas de los últimos siglos son los crimenes contra la vida que merecen la pena de muerte. Se suprime una vida ya no mas porque un soberano lo quiera, sino en nombre de la defensa de la vida, del derecho de vivir. La vida entra en la politica.

Mas tarde, tanto los discursos sobre las cuestiones individuales como los discursos sobre las populaciones se concentran, no en el antiguo derecho de la muerte, sino en nombre de la necesidad de defender la vida. No se trata mas de mantener el dominio através de la amenaza de muerte, sino de ejercer el poder através del control de la vida individual y de las populaciones. La coerción va dejando lugar a la persuación, los dogmas pierden espacio para los argumentos.

Fue a partir del siglo XVII que la mecanica del poder se vuelve para la actuación no solamente sobre la muerte, sino principlamente sobre la vida de las personas. A partir de ahi, el Estado y las instituciones entran en los hogares, y buscan incesantemente la memoria de los fieles y de los reos, se apropian de las funciones de educar los niños, catalogan las fajas etarias y separan los sexos.

Se pasa de las leyes de prohibición pura y simple para una invisible, imperceptible e impersonal dominación de la vida, en el ejercicio de la vida, en la constitución de las vidas y personas. Esto se hace através de la Iglesia, de la Medicina, la Biologia, de la Psicologia, de la Moral, de la Educación y de las ciencias de una manera general que proporcionan las normas y los paradigmas que iran substituir los editales y proclamaciones, las fogueras y los cadafalsos. Pasa a ser sobre la vida y durante su desarrollo, es que el poder va estableciendo sus puntos de fijación.

La fachada represora del poder representa apenas el revestimiento que este poder usa para volverse aceptable. Este aspecto pseudo-represor conviene al poder, pues los cuestionamientos a este poder se dirigen frecuentemente a un rumbo cuya brújula apunta para el opuesto a él, o sea, ya que el poder es represor se opone a él una conducta liberal anti-represora. Este rumbo antirepresor en ultima instancia pasa de lejos y no percibe la verdadera naturaleza constitutiva, normatizadora del poder actual. Aldous Huxley en "El admirable nuevo mundo" huye de la realidad por el exagero, pero no por la invención.

Citamos que la vida entra en la política. Cuando la vida entra en la politica, la lucha en la politica pasó a ser basicamente en torno de una mejor cualidad de vida.

Resumiendo, podemos percibir que la Humanidad llevó mas de dos mil años para conseguir que el "derecho sobre la muerte" se transformase en el "derecho sobre la vida". A pesar de que este derecho sea ejercido como vimos anteriormente, para perpetuar la dominación de clases, por lo menos permite la posibilidad de cuestionar el poder que oprime y luchar por una mejor cualidad de vida.

En lo que se refiere a la mudanza del "reinado del rei" para el "reinado de la ley", tambien otros millares de años fueron necesarios para que se procesase la evolución del derecho de la sangre azul para el derecho de la legalidad del contrato social.

En los dias actuales con tanta violencias desencadenada en el planeta Tierra, con tanto sentimiento de impotencia de la humanidad contra estos actos nos preguntamos, hasta donde podemos tener este derecho de decidir sobre la pena de muerte, sobre la vida, hasta donde está la justicia o la verdad, donde está esa línea imaginaria que nos separa de lo "cierto" y de lo "equivocado", hasta donde están nuestros derechos para decidir si otro (s) seres humanos tienen derecho de morir o vivir , quienes somos para decidir esto?

La violencia está cerca de nosotros, en todos lados, en la calle, hasta en nuestras casas, pero quien nos dice que somos nosotros los "justos" para decidir, quien nos dice que estamos preparados para ello?

Tendremos que recomenzar todo otra vez? Mirar con sinceridad para nuestro interior y empezar como un niño del be a ba a aprender una lección que tal vez sea la mas importante de nuestras vidas, quien o qué nos da el derecho de decidir sobre la muerte de otro ser humano sin equivocarnos, quien nos dá esa omnipotencia?

Como dice la juventud: "tá difícil, brother".

Si no fuese trágico... sería cómico.

Durante a Idade Média, a figura do Estado, representada pelo Rei, exercia sobre seus súditos um poder absoluto de sentenciar à morte – com as mais terrificantes formas de matar e, portanto, amedrontar – todos aqueles que ousassem contrariar as leis ou as vontades de interesse real. Não há quem não tenha sentido um arrepio de repulsa ao assistir, nos filmes épicos, às cenas de guilhotinagem, de enforcamento ou de garrote vil.

O Estado era, então, senhor absoluto do direito de apreensão das coisas, do tempo produtivo, das pessoas, e, finalmente da faculdade de se apoderar da vida de qualquer dos súditos para suprimi-la, se assim julgasse conveniente aos interesses ou à segurança dos soberanos.

Para a análise histórica clássica, um dos privilégios característicos da Realeza foi o direito sobre a vida e a morte dos seus súditos. Entretanto esse direito, emanado da origem pretensamente divina do poder soberano, se exercia muito mais como um poder sobre a morte do que propriamente como um poder sobre a vida. O Estado não somente desconhecia a vida sobre a qual poderia até mesmo exigir a supressão, como também não se atribuía uma preocupação maior de conhecê-la, modificá-la ou administrá-la.

Seja sob a forma de sentenciamento, os limites do poder feudal alcançavam até a interrupção da vida, mas a sua presença somente se marca sobre a vida, pelo direito ao confisco da produção, e pela morte, que tem condições de exigir. O aspecto da vida que interessava à nobreza dominante dizia respeito quase que exclusivamente à quantidade de riquezas produzidas pelos súditos e conseqüentemente passíveis de confisco.

A dominação, o poder, se exercia sob a forma de interdição. Aquilo que não fosse expressamente proibido pelas castas dominantes permanecia como uma espécie de "terra de ninguém". Os tipos, as personalidades, as condutas, se forjavam no interior da vida familiar, nas tarefas laborais, ou no contacto com as cenas e coisas da natureza.

Nesta época, restava aos homens um espaço, uma faixa de liberdade na vida privada, de consentimento e permissividade, na qual as pessoas se formavam mais ou menos ao sabor do laissez-faire do Estado e dos soberanos.
Até a Idade Média, os parâmetros de decência e moralidade, a questão da nudez dos corpos, as variações do comportamento, eram parâmetros mais "frouxos", mais permissivos, incluindo, na mesma liberalidade, adultos e crianças, homens e mulheres.

A vida sexual, os hábitos, os costumes da plebe pouco importavam à nobreza dominante, conquanto que seguissem reproduzindo-se e produzindo riquezas agrícolas e artesanais confiscáveis pelo Estado. Neste tipo de sociedade, a vida da plebe pouco importava à nobreza dominante, desde que a plebe não se voltasse contra os interesses e decisões do soberano e da nobreza. Se assim ocorresse, o poder não se abateria sobre o transgressor no decorrer de sua vida, tentando "corrigi-lo", ou "recuperá-lo" para o convívio social, mas simplesmente se lhe suprimiria a vida através da morte. É bem verdade que já existiam prisões naquela época, mas elas não visavam corrigir ou adequar comportamentos, mas tão somente pretendiam isolar essas pessoas das cercanias das comunidades.

Um dos reflexos observados na evolução dos discursos dos Estados é a mudança nas justificativas que esses Estados usavam para supressão da vida. Inicialmente, o soberano encontrava (e bastava) na sua própria vontade a justificativa para erguer ou baixar o polegar, suprimindo a vida ou deixando viver. Posteriormente, passa a ser em nome da necessidade de viver que se suprime a vida.

Nas sociedades mercantilistas dos últimos séculos são os crimes contra a vida que merecem a pena de morte. Suprime-se uma vida não mais por vontade do soberano, mas em nome da defesa da vida, do direito de viver. A vida entra na política.

Tanto os discursos sobre as questões individuais, como os discursos sobre as populações se centram não mais no antigo direito da morte, mas em nome da necessidade de defender a vida. Não se trata mais de manter o domínio através da ameaça de morte, mas de exercer o poder através do controle da vida individual e das populações. A coerção vai cedendo lugar à persuasão, os dogmas perdem espaço para os argumentos.

Foi a partir do século XVII que a mecânica do poder volta-se para a atuação não somente sobre a morte, mas, principalmente, sobre a vida das pessoas. A partir de então, o Estado e as instituições penetram nos lares, espreitam as ruelas e escavam incessantemente a memória dos fiéis e dos réus, apropriam-se das funções de educar as crianças, catalogam as faixas etárias e separam os sexos.

Passa-se das leis da proibição, pura e simples, para uma invisível, imperceptível e impessoal dominação da vida, no exercício da vida, na constituição de vidas e pessoas. Isto se faz através da Igreja, da Medicina, da Biologia, da Psicologia, da Moral, da Educação e das ciências de uma maneira geral, que proporcionam as normas e os paradigmas que irão substituir os éditos e proclamas, as fogueiras e o cadafalso. Passa a ser sobre a vida e durante o seu desenrolar que o poder vai estabelecendo seus pontos de fixação.

A faceta repressiva do poder representa apenas o revestimento que esse poder usa para tornar-se aceitável. Este aspecto pseudo-repressor convém ao poder, pois os questionamentos a esse poder se dirigem freqüentemente num rumo cuja bússola aponta para o oposto a ele, ou seja, já que o poder é repressor, opõe-se a ele uma conduta libertária, anti-repressora. Esse rumo anti-repressor em última instância passa ao longe e não percebe a verdadeira natureza constitutiva, normatizadora do poder atual. Aldous Huxley, em O admirável mundo novo, foge da realidade pelo exagero, mas não pela invenção.

Falamos que a vida entra na política. Quando a vida entrou na política, a luta na política passou a ser basicamente em torno de uma melhor qualidade de vida.

Resumindo, podemos perceber que a Humanidade levou mais de dois mil anos para conseguir que o "direito sobre a morte" se transformasse no "direito sobre a vida". Embora esse direito seja exercido, como vimos anteriormente, para perpetuar a dominação de classes, pelo menos permite a possibilidade de questionar o poder que oprime e lutar por uma melhor qualidade de vida.

No que se refere à mudança do "reinado do rei" para o "reinado da lei", também outros milhares de anos foram necessários para que se processasse a evolução do direito da consangüinidade azul para o direito da legalidade do contrato social.

Nos dias atuais, com tanta violência desencadeada no planeta Terra, com tanto sentimento de impotência da humanidade contra estes atos, nos perguntamos até onde podemos ter o direito de decidir sobre a pena de morte, sobre a vida, até onde está a justiça ou a verdade, onde está a linha imaginária que nos separa do "certo" do "errado", até onde estão nossos direitos para decidir se outro ser humano tem o direito de morrer ou viver; quem somos nós para decidir isso?

A violência está por perto, ao nosso redor, nas ruas, até dentro de nossas casas; porém quem nos diz que somos nós os "justos" para decidir, quem nos diz que estamos preparados para isso?

Teremos que começar tudo outra vez? Olhar com sinceridade para nosso interior e começar como uma criança do bê-á-bá a aprender uma lição que talvez seja a mais importante de nossa vida, quem é que nos dá o direito de decidir sobre a morte de outro ser humano sem chegar a erros, quem nos dá essa onipotência?

Como a juventude diz: "tá difícil, brother".

Eu digo: se não fosse trágico... seria cômico!

E-mails para a coluna:
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